
En Homenaje a Miguel Angel Ainsa.
Se me ponen los pelos de punta cada vez
que oigo esa canción, Happy when it rains,
de Jesus and Mary Chain, sobre todo porque
hoy llueve otra vez y el atardecer es largo,
sobre todo porque ahora el otoño de finales
de los 90 cae sobre mis huesos y yo voy al Velvet.
Acabo de llegar a la ciudad y me muevo solo
retorciendo las esquinas, deteniéndome
en semáforos, empapado y joven, feliz.
Le doy al play de nuevo sobre la pista número 3.
Al fondo del callejón la noche está de moda.
Es ésta una noche normal, una noche más
de Pixies y Lou Reed, de colegas y aire negro.
Sobre la barra, el a.d.n. de un mar de luces,
la cólera y la gracia de un tiempo vivido
con la hondura de las cosas irrepetibles,
con el vértigo de las copas medio llenas.
Ponme un güisqui, Antonio, con cocacola.
En el rincón hay un puñado de discos salvajes.
En las paredes tiembla un gran rótulo pop.
En el suelo piso las huellas acribilladas
de sus tacones y un cigarrillo casi muerto.
Y hay mucha gente. Presiento el humo
congelado dentro de un congelador rojo.
Suenan en el aire el canto de los sioux
y el canto prodigioso de las sirenas homéricas.
Un póster anuncia un concierto de Sex Museum.
En los alrededores de los wáteres, unos pocos
amigos me hablan en latín, creo, con entusiasmo,
de las primeras canciones de The Who
y luego se abrazan como osos polares
sobre un iceberg de hielo que no se hunde.
Fuera está la noche tan caliente como nunca.
Subo por la escalera de incendios al incendio.
Tras peldaños torcidos y extintores de cielo,
aguardan gentes que esnifan con dosificador,
amantes despechados que escupen a la cara
y no aciertan, una dulce damisela florentina
en cuyos labios el tiempo se queda callado un momento.
Y suena When I was Young de The Animals,
Por dios, aquí suenan los Ramones como nunca.
Suena la batidora sexy de los Beatles como nunca,
el chasquido elegante de la revolución de The Clash.
Sí, todo, todo, todo, todo es música aquí.
Todo este desierto está sembrado de vinilos.
Afrodita comparte su habitación con Joey Ramone.
Ahí, en esa esquina, está la espuma del mar.
De ese otro lado, se afila el perfil de Jack Kerouac.
Henry Miller bebe en silencio como un lobo
enamorado de la niebla indisciplinada del sur.
Los pájaros tejen su nido con barro y cigarrillos
en el tejado de oro de este sueño, que no acaba.
Míralos ahora: pasan sobre nuestras cabezas
volando, secuestrados de placer. Al camarero
le explota en la boca una sonrisa franca.
A ese camarero delgado le crecen por momentos
los ojos, unos ojos tan azules como los ojos de Rimbaud.
Y ahora me golpea con su mano en el hombro
y se va. Se va con una lágrima en el costado,
pero nos deja un huracán de fiesta,
un orden cósmico, un despertar maravilloso
sobre las ascuas del amanecer, en el cauce fulgurante
de las cosas bien hechas, de la vida muy bien vivida.
Y fuera está la noche de verdad, sí,
fuera está la noche tan caliente como nunca.

1 commentaires:
Buenos días Andrés:
Engancha hasta el final con punteos de neón.
Saludos cordiales.
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