NEURÓNIKA

NEURÓNIKA
¿Cómo escapar de la corriente continua de los Pixies? Los Pixies son crueles y elegantes. Emiliante dice que eso es puro pop con daño y Remo asiente.

samedi 8 juin 2013

Leñadores Rock: Grizzly!

Leñadores, mayo de 2013, fotografiados por Félix J. Velando, en el centro de Albacete.
De izquierda a derecha, Miguelan Espinosa, Rosi Herreros, Alberto Sánchez, Andrés G. Cerdán y Pedro Gascón.
Visita www.lenadores.bandcamp.com y descubre la poesía eléctrica de este primer disco.
También en www.facebook.com/superlenadores, i-tunes, youtube y spotify.
Contacto: lenadoreslenadores@gmail.com.

mardi 5 mars 2013

Uve






XV

(LO MÁS PARECIDO A VOLAR)

[A Roger Wolfe]

En aquel tiempo aún era posible creer en la realidad, porque era cruel y porque no dejaba de darte besos en el cuello. En los 90 podías morirte y resucitar inmediatamente, una milésima antes de caer en manos de las Parcas. En los 90 bebías cicuta y dan-up. Leías a César Vallejo y a Carson McCullers, a Ray Loriga y a Blanca Andreu, a Roger Wolfe y a Juan Goytisolo. En transición perpetua, apurando los últimos años de un siglo, asistiendo a la decapitación de las primaveras del milenio y a la frugalidad incendiaria del amanecer del mundo global. En la más intensa soledad y en la compañía de quienes veían como tú, recorrer los senderos bifurcados del jardín en llamas de la juventud era lo más parecido a volar. A volar con dinamita las resistencias de cualquier forma de dolor. El club de la lucha, ¿no? No veíamos mucho más allá de nosotros, pero veíamos tanto dentro de nosotros. En nuestro corazón amainaban los tifones. En nuestro rostro se escribía lentamente el nombre de Bruneleschi o el de Egon Schiele o el de Joe Strummer o el de la Venus de Willendorf.




XXXVIIII

(UVE)

Me acuerdo de la letra uve. Vicio, vértigo, verdad, verano. Me acuerdo de su serenidad. En ella viven los astronautas y los valles. La letra uve sabe volar. La letra uve es el viento. En mitad de un verso la letra uve se vuelve y nos dice que a ella le habría gustado nacer en otra parte. La letra uve sabe que en ella están el sueño del origen y las obras completas de Egea. Los días pasan y me gustaría decir que en su garganta caben las hermosas ortigas y las hermosas amapolas. El cielo de tu desdicha no es rojo. Son rojos los bancales y esa desasida corriente de paisaje que nos persigue por los costados como si fuese el último paisaje y como si la última estación no fuese lo último. He aprendido a tu lado tantas cosas. Me has enseñado tanto.













mardi 19 février 2013

De la naturaleza inflamable del hielo. Las artes de Basquiat


“La droga es como un padre para ti.” -Rock’n’Rolla-

"Papa, I'm gonna be famous." -J.M. Basquiat-



Arde el hielo. No preguntes cómo: solo arde. La primera ambición humana de Jean Michel Basquiat (Brooklyn, 22 de diciembre de 1960-Soho, 12 de agosto de 1988) fue ser bombero: apagar fuegos, mirarlos de cerca, iniciar un fuego para acabar con otro fuego. Nueva York arde. Grandes cubos de basura, industriales en su proporción de desencanto, e inmensas cajas de cartón vacías, tan grandes y tan vacías como para esconder dentro una ciudad: eso es la vida, la puta vida, tío. Escaladores radiactivos se descuelgan por la pulcra superficie vertical del espejo de los rascacielos, la que simula nubes, la que ciega, la que asesina a las aves en su migración hacia otras latitudes. Escaleras mecánicas, escaleras de incendios, gritos, fuego, conatos de hip hop, una rata se descompone en un callejón: la vida, tío. Un gran camión tatuado con un letrero inmenso, INFLAMABLE, se accidenta en un cruce y reparte su entraña de llamas.

Los primeros años ochenta asisten en Nueva York al show de las arenas movedizas del arte. Jean Michel Basquiat es esa parte del iceberg que desborda la gravedad: neoexpresionismo, graffiti, street art, surrealismo, pop telúrico, collage racial, abstracción. Basquiat ha sido dotado de una "second nature". El suyo es un arte en contacto directo, primordial con las emociones más profundas. El arte de Basquiat es un arte poético, una moderna forma de la alquimia de signos y símbolos. Enseguida se reconoce en él al enfant terrible, al chico radiante, al iluminado posmoderno. Muy pronto se habla del nuevo Rimbaud.

Las calles arden. La humanidad se funde en los altos hornos de la química a una temperatura nunca vista. Nueva York, en su gigantesca e intrépida consumación de todas las modas, todas las tendencias, todos los instantes, hierve entregada a su propio renacimiento: renace en la mirada destripada de este chico de apenas 20 años. También el cielo hierve más allá del punto de ebullición en una cucharilla. Cosida de violencia, de luchas callejeras, de encrucijadas marginales, de canibalismo económico y político, cosida de glamour y de desesperación, la gran ciudad que lloró Federico García Lorca es el collage de un incendio, un paraíso caótico. En la clepsidra alienante, en las zonas oscuras y en los sueños rotos, en la telaraña de los negros senderos palpita el neón anunciando el funeral de los dioses muertos. Nietzsche duerme en una caja de cartón en Central Park. Cosida de ríos y de océanos, Nueva York es la luz que deslumbra. La polución urbana es la forma alucinada de una amenaza sistémica. Un cartel publicitario se amontona, despellejado, humillado, reseco de contaminación que parece una mierda de hace dos meses, anunciando la llegada del Mesías. Creed en Él.

Nueva York es una gran hoguera que exige de cada uno una porción inmensa de sí para alimentar el fuego. Bartleby, que es ceniza, negación, aturdimiento, duerme en una caja de cartón en Central Park. Una pared en la periferia de los centros descentrados –me acuerdo de Derrida– reclama la nostalgia de los posters que anuncian comida para gatos, modelos de Armani, exposiciones colectivas de artistas, programas antidroga, majadería industrial, pasarelas de lo sórdido. En cualquier almacén abandonado hay una Virgen y un yonki, un fotógrafo ciego y una perra muy underground recién parida. La gente ronda por ahí como empalada en su misma espina vertebral, dorsal. Jean Michel Basquiat baila en cada uno de los muros sobre los que escribe. En sus ojos se pueden leer a veces dos grandes cruces, trazadas a brochazos sin compasión, amarillos sobre negro: pupilas como señales de peligro, como exposición a un peligro asumido, como radiación mística. ¿Dónde? ¿Hacia dónde? En ese vídeo, en esa toma de leche negra, fundida en grises, lo verás. Y sí, el viejo Dodge de Basquiat se ha evaporado, se ha desvanecido bajo el sol de Venice, pero el chico ya está de vuelta otra vez en la gran ciudad, en otro estudio, al lado de Andy Warhol, con un pie dentro y otro fuera de la Factory. La violencia asola los barrios. Un escarabajo egipcio cabalga hacia el oeste en mitad de la nada. Una cucaracha caga en una hamburguesa de 50 $. Viene Madonna a verlo: Basquiat es una de las únicas personas a las que envidia, y que es demasiado frágil para este mundo. Fragile: Handle with care. Grandes fajos de grandes billetes y grandes bolsas de marihuana. China Club. Pintará por la noche, los marcos y los lienzos están ya preparados. Science Fiction Versus Man, 1983: “Vamos a devastar la esencia de la felicidad humana. Somos peligrosos psicópatas en tanto las ciencias y los científicos nos alejan de la belleza y la harmonía del tiempo natural. Esa es la cuestión.”

Al Díaz agita un spray en el Lower East Side. Mapelthorpe se fotografía desnudo en una habitación del hotel Chelsea. Basquiat duerme en una caja de cartón en un parque de Nueva York. Así le vemos en una de las primeras escenas del film de Julien Schnabel, amaneciendo, mientras René Ricard escribe en un banco unas notas sobre el arte: “El arte es la oreja de Vincent Van Gogh”. De entre la vegetación, de la fiereza de la última noche surge Basquiat. Corre el final de 1981. En diciembre de ese año aparece en Artforum unos de esos artículos que nacen con vocación de mito. René Ricard hace en The Radiant Child una amplia e incisiva reflexión sobre el arte de las calles de Nueva York. Este texto propulsará hasta límites insospechados el éxito de Jean Michel Basquiat y asentará en sus nubes pop la acción de Keith Haring. En realidad, René Ricard es un mago del arte. Ya ha lanzado a Julian Schnabel. Luego va a colaborar con Francesco Clemente. En el caso de Basquiat defiende “la institucionalización de lo idiosincrásico, el triunfo de lo vernacular y lo anónimo que trasciende. “El estilo graffiti, parte tan grande de esta ciudad, Nueva York, está ahora en nuestra sangre.” Al Díaz, compañero de juveniles correrías grafiteras juveniles, o Ramelzee o Judy Rifka son parte de esa sangre nuestra. Esta sangre grafiteada que inunda las calles parece haber estado siempre ahí, en las calles, en los vagones, en cualquier valla. Ardiendo. Ricard dice que este arte muestra la eternidad de un proverbio. La pintada es ya un proverbio que vibran con una acuidad política esencial. Basquiat, adicto a las coronas y a los signos de copyright, erige una patente demoledora: se apropia de lo público y lo lanza en transición hacia los ámbitos de lo privado. Como resultado de esos primeros años callejeros a finales de los 70, el Basquiat del éxito insistirá siempre en no ser un artista del graffiti, sino un artista. Y habla de sus influencias, desde Leonardo da Vinci a los expresionistas abstractos Cy Twombly o Franz Kline.

En 1986 Tamra Davis capturó una de las pocas entrevistas al pintor. El metraje ha permanecido inédito, oculto durante más de 20 años. Recoge, de forma portentosa, una sucesión de entrevistas y testimonios, y narra el ascenso meteórico y la caída en el áureo lodo de los inmortales de Basquiat. Su personalidad indómita, su rebeldía, su iconoclastia. El chico radiante grafitea bien claro: “Papa, I’m going to be famous.”. En la cinta de Davis los compañeros de viaje del haitiano-portorriqueño-neoyorkino son -ni más ni menos- Julian Schnabel, Larry Gagosian, Bruno Bischofberger, Tony Shafrazi, Fab 5 Freddy, Jeffrey Deitch, Glenn O'Brien, Maripol, Kai Eric, Nicholas Taylor, Fred Hoffmann, Michael Holman, Diego Cortez, Annina Nosei, Suzanne Mallouk, Rene Ricard, Kenny Scharf.

Compañeros de viaje para un viaje al centro de la tierra de los sueños negros. En un cartel, trazado irregularmente con lápiz de colores, escribe BIRTH OF EARTH y acompaña este nacimiento, este big bang, esta aurora de la tierra con el copyright, la corona de espinas del mundo capitalista. La insistencia devastadora en el símbolo copyright es un gesto gráfico más, como un guiño peligroso al Mundo del Dinero, al Mundo que no es mundo. En ese otro cuadro de allí sigue ese camión INFLAMABLE, que recorre inflamado las calles, reventado de llamas. Un minisegundo después, estamos ante un gran anuncio que ensalza las virtudes del petróleo. ASECTICISM: mezcla de lo ascético y lo aséctico, en una irónica danza de la muerte. Sectas del dolor, de la inexistencia, de la gloria y del dinero. En esa otra tela el llanero solitario está rabioso. ME. LONE RANGER RAGER. Bienvenida la rabia.

¿Qué es eso? No se sabe muy bien: mono aherrojado en un casco de rugby u hombre que gira en un satélite alrededor de la Tierra, ennegrecido y espacial, animal. La experiencia del artista, del pintor, es una experiencia fragmentada de conocimiento. El artista: cosmonautas conduciendo el fuego a puñetazos.

dimanche 13 janvier 2013

Instinto: Enguídanos, Fernández, García Cerdán (A.G.C.)




UNO. La esfera del arte en el mundo del siglo XXI es una esfera de perdición. Ni siquiera es una esfera: es un embudo, un cono por donde se precipitan, bruscamente se filtran, amalgamadas y ambiguas, las propuestas artísticas del que se ha vendido al sistema en toda su vileza o del que solo se atreve a hablar en privado, por miedo al qué dirán, a la lluvia de palos. Al menos, en privado uno experimenta la ilusión de ser libre. El cáustico chirrido continuo de nuestra civilización ha hecho del ruido su asiento y su dogal, y nos ahoga y nos constriñe. Contra esa contaminación, contra ese alrededor infectado, nos pronunciamos aquí. El tráfago de acontecimientos macabros a nuestro alrededor es el maná de cada día: se le sirve frío al pueblo en horas de máxima audiencia. El olvido de la memoria en que ardíamos o pudimos arder es flagrante: se entierra bajo metros cúbicos de hormigón. Son infatigables las maniobras, las estrategias del poder por desnaturalizarnos, deshacernos, convertirnos en harina en el molino imparable del dinero. La desgracia es el mejor argumento político. La oscura sangre de quien no tiene nada, del que apenas es nada engrasa los ejes del carromato vicioso del progreso. Es muy largo el desaliento con que arrastramos la piedra una y otra vez, arriba y abajo, como Sísifos sin fuerzas, como Prometeos encadenados, como estériles Narcisos, como Licenciados Vidriera lapidados, como Ofelias de los desagües, como Cobains del vicio. Al menos, en privado experimentamos la ilusión de ser libres.

DOS. Del desprecio surge esta obra. Del desprecio que produce un pensamiento cada vez más lineal y más estéril. El pensamiento que se impone a las masas obedece a un discurso adocenado, vulgarmente mediático: obedece a una megafonía subyugante, amenazadora. Acertó George Orwell con esa supervisión prosaica y malsana que predecía para el futuro del planeta. El gran hermano que sobrevuela la polis es superficial, esclavista, déspota en su inanidad. Así, de la angostura y del asco surge esta obra poética y visual a tres bandas: Enguídanos, Fernández, García Cerdán. De la falta de oxígeno. De la perdición. Como atalaya desde la que reiniciar el sistema, como antisistema, defendemos una sinergia interartística, una especie de sinestesia plástica, visual, emocional, que recoja nuestra actualidad privada, la validez de lo íntimo, y que sea el beso en la boca que necesitas.

TRES. En la obra de Nietzsche o Cortázar, de Wagner o Stravinski, de Rimbaud o Leonardo, late con toda su intensidad la busca de una obra de arte total. Una obra de arte en que se consumen las múltiples posibilidades artísticas, intelectuales, religiosas del hombre. Una obra en que convivan, desde la poiesis, las disciplinas y extensiones del homo artisticus. A ello se entregaron con un empeño que los llevó al límite último de los abismos. Se dieron en cuerpo y alma al hallazgo de ese aleph o punto mítico en que confluyen todos los puntos del universo espiritual; se dieron al hallazgo del kibutz del deseo, que rinde la eternidad; se dieron al hallazgo de la mónada o la unidad cósmica. En sus vidas y en sus obras, el arte total aspira a ser arte de la totalidad: expresión total del hombre y del mundo, en todos sus atributos, en todas sus dimensiones racionales e intuitivas, sin exclusiones, a conciencia.

CUATRO. Aporía. Simploké. El cuadro llama a la verdad en la percepción de la belleza del mundo por su nombre real. La fotografía atrapa las lisérgicas ondas de luz en un balde lleno de noche. El poema se retuerce entre los pliegues y las savias del laberinto vital y cantar la luz de la mañana, el ocaso de la civilización, la aventura humana. En INSTINTO, la literatura, la pintura y la poesía fluyen libremente por los vasos comunicantes del pensamiento crítico. Guiado por similitudes, correspondencias y afinidades, el recorrido es plural, poliédrico, híbrido, absolutamente oblicuo. Desde una perspectiva sesgada nos acercamos al conocimiento. Hacemos de la contradicción una forma de consanguinidad, de lo absurdo una coherencia, de la ambigüedad una certeza.

CINCO. El instinto

SEIS. Orfeo. Basquiat. Balthus. Mapelthorpe. Leopardi. Rauschenberg, Baudelaire. Bansky. Cravan. Celan. Lucien Freud. Woolf. Hirst. Alberto García Alix. Riky Dávila. Lautréamont. Sófocles. Giacommetti. Stevens. Modigliani. Luicen Freud. Warhol. Baudrigan. Doisneau. Miller. Bacon. Vallejo. PeCasCor. Kappa. Schopenhauer. Wittgenstein. Van Gogh. Shakespeare. The Who. Cioran. Kavafis. Picasso. Ajmatova. Cervantes. Aragon. Prévert. Boronali. Dylan Thomas. Stevenson. Pound.

SIETE. La belleza y el caos. Intervenir en esa totalidad desde el aguijón individual, clavar el arpón en los ojos del sistema, torear ese sistema ciego, dejar caer el ancla en los sueños para que nuca más se vayan, para amarrarnos como Ulises a ese mástil altivo.

mardi 7 août 2012

La poesía y la honra de Antonio Rodríguez/ A. G. C.





El delicado sonido del trueno

Le robo este título -yo que soy sobre todo eso: un ladrón- a Débora Cerio, quien así llamó un estudio muy inteligente sobre los vínculos entre historia y filosofía en la obra de Walter Benjamin. ¿Quién puede decir que no sea delicado el trueno, que no fulja el relámpago en toda su violencia y nos revele en la oscuridad lo hermoso, lo furtivo y lo definitivo de su latigazo y su latido sin rumbo? La poesía es algo así: numen, daimón, latigazo, latrocinio, tormenta, oscuridad, fulgor, iridiscencia, historia, crimen, salvación. Escribir un poema es asesinar muy delicadamente. Antes y después del asesinato no hay poema: solo los preparativos de la fiesta o el resto, el escombro, la baba del mar que se pudre en la orilla, la rémora que se astilla en los acantilados. Cualquier poeta sabe que la única experiencia inconfesable es la experiencia del instante en que la palabra se deja caer en la página y te dice que llega para quedarse, que trae incienso, oro y mirra en su seno. Como la palabra de Antonio Rodríguez Jiménez.

Fue Adorno quien cuestionó en una frase lúcida y lapidaria el horrible del lugar de la poesía en el mundo: escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie. Con toda seguridad. Peor sería, sin embargo, no escribir poesía después de lo más negro de lo negro entre lo negro. Una esperanza de redención hay siempre en el poema, querido Theodor. Una luz se entrevé en los vanos y los umbrales del otro lado. Luz, luz y luz, por favor. Lo de Auschwitz es, posiblemente, el ejemplo más claro de la falta de poesía en el mundo. Lo que pasa ahora es hijo de esa misma escoria, y no voy a explicarlo. Nos hemos deshumanizado, inhumanizado, infrahumanizado casi absolutamente. Sí, me preocupa mi paga extra, pero me olvido de África. Los banqueros y los políticos se mean en mi cara y no sé con qué limpiarme. Lo hemos hecho todo a mordiscos, perfectos como arcoiris de odio.

Hoy, como entenderéis, es imprescindible el poeta. El Minotauro ha de vivir. Que no se atreva Teseo a degollarlo. Que la voz del poeta vuele sublime sobre la mustia pátina de este mundo caníbal y la rasgue y le inocule el veneno más fértil: palabra enamorada, maravillosa, verdadera, divina. Que la voz del poeta retumbe, dentro y más allá de las cloacas en que vivimos, con la rotundidad del trueno. Que sintamos en la piel el delicado rumor del poema, que viene a salvarnos.

La hermosura del héroe

El poeta cubano José Martí decía –con toda la propiedad con que un hombre puede decir- que “la poesía vive de honra”. Así, con tanta sencillez, con tanta ingenuidad. En muy pocas palabras Martí recoge la esencia del pensamiento poético de todos los tiempos, de William Blake a Lautréamont, de Horacio a César Vallejo. El poema es trascendencia, no sumisión. El poema es siempre algo más. Como palabra de la tribu, la palabra poética es el altar en que se cumplen y se honran las aspiraciones, los deseos, las inquietudes, los tiempos de la tribu. Entre los múltiples cristales con que la poesía nos deslumbra –belleza, intimidad, música de la naturaleza, inteligencia, exquisita sensibilidad, imagen del sueño…-, la ética ocupa un lugar propio. La poesía es ese hueco en que se rescata y se protege la hermosura moral del hombre. Así es la poesía de Antonio Rodríguez. Una poesía que se alimenta con la ética de un samurái, sensual e intelectual, prometeica y órfica, discreta y poderosa. El poeta nos regala en los hermosos versos de El camino de vuelta (Premio Arcipreste de Hita 2012, Pre-Textos, 2012) la única lucha digna de un hombre: buscar el secreto de la hermosura del héroe, rescatar a la princesa del lodo, vivir un prodigio, gozar la paz anterior a todo ruido, dejarse ir al son de todos los vientos, lejos, muy lejos. Una lucha clásica como una oda horaciana.

Poesía como la de Antonio Rodríguez nos defiende de ese asqueroso olvido de lo humano al que llamamos dinero o poder y nos salvaguarda de la superexposición a las miserias más clínicamente cínicas. Llamo, por tanto, ética a esta sublime necesidad suya –y nuestra– de huir de lo mediocre, lo adocenado y lo bestial, a la conciencia de estar restituyendo una verdad original, a la dicha en el conocimiento de uno mismo, que es el conocimiento del otro. Con el timbre incisivo del mirlo, contra “la insoportable estupidez del mundo”, Rodríguez canta y se acoge a la calma universal del que observa las estrellas y es mejor así. Esa es su revolución. Su honor es la construcción reservada, privada, secreta, de un mundo mejor, inédito y redondo en su maravilla. El honor -nos dice- es eso que ocurre cuando el tiempo juega su juego contra la barbarie, cuando palabras como “camino” y como “volver” se revelan como la mejor forma de regreso a la limpieza poética, a la antigua pulcritud, a la elegancia. “Ha querido la noche señalarte/ con el mágico don de la alegría”. Mejor que nadie sabe el poeta que Marco Aurelio espera cada noche a Amy Winehouse en la barra del mismo bar y que cada noche cantan juntos la canción que habla del otro mundo, del mundo mejor, del mundo que es caudal de hermosura, heroísmo, honra. Enhorabuena otra vez.



Nada puede usurparnos la belleza

Antonio Rodríguez Jiménez.


Hay caminos posibles que discurren
libres de oscuridad y de zozobra.
No han dejado jamás de sucederse
los dones de la vida, junto al gesto
que nos devuelve al barro, a lo que somos:
naturaleza ciega y esplendente.
Porque resplandecemos
sobre lo más abyecto y homicida.
Hasta en la destrucción es deslumbrante
esta estirpe dañina y creadora.
Y hay algo que perdura
por encima de siglos y catástrofes.
Aunque cubran oscuras amenazas
el horizonte, hay algo indestructible,
no lo muerden el tiempo ni el desgaste
que persiguen las huellas de los hombres.
Mientras alguien aliente en este mundo
y acumule palabras este aire,
nada puede usurparnos la belleza.