NEURÓNIKA

NEURÓNIKA
¿Cómo escapar de la corriente continua de los Pixies? Los Pixies son crueles y elegantes. Emiliante dice que eso es puro pop con daño y Remo asiente.
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mercredi 22 août 2007

Micronación Alfaro



Hay un arte total que habita el reino de lo que está del otro lado, más allá del mundo, más allá de nosotros. Es un arte que juega en el límite, un arte incesante. Como en la película Basquiat de Julian Schnabel, el arte es la oreja de Vincent van Gogh arrojada a los girasoles; es, finalmente, un disparo en el pecho. A ese estadio lo llamaremos naturalidad. Cuando la naturaleza y la vida colisionan, se suplantan, se superponen, se provoca un estallido en el que lo esencial navega a lomos de lo existencial, la realidad aparece en el filo de una sobrerrealidad que amanece hacia el sol de lo auténtico. Ideas, palabras, sentidos en torbellino, en equilibrio, hacia las fronteras en que se inaugura el mundo nuevo.
Para los místicos siempre fue fácil ese adentramiento en lo otro. Para ellos, el secreto se perpetúa en la purificación extremada de lo humano, en el olvido de uno mismo que es epifanía del otro que somos, desde la quietud, desde la negación, desde la detonación, desde las entrañas. El Libro de las luces de Ibn Arabí, la Guía espiritual de Miguel de Molinos, los Cantos de Maldoror de Isidore Ducasse, el heroísmo bizarro de Alfonso Grosso y Dylan Thomas, el color mortal de la pintura de Georgia O’Keefey, la lágrima de Pe Cas Cor, contemplan el mundo desde la altura visionaria de lo excesivamente interior, vía de creación por que fluyen la luz, el secreto, el dolor, la magia. El artista secreto. La sangre que los une es la sangre sacrificial de quien ha hecho de su cuerpo el primer surco del día, de quien ha vivido desde su propia sangre.
En la música de Fernando Alfaro –Surfin’ Bichos, Chucho, F. A. y Los Alienistas- hay mucha literatura, quizá más que en cualquier otro grupo o compositor ibérico. La contundencia, la densidad, el lirismo, el desgarro de sus canciones sólo son comparables con algunas canciones de Los Enemigos, Los Planetas, Corcobado o Nacho Vegas. El vitalismo agónico luminoso de Fernando Alfaro nace, nietzscheanamente, en la sangre. Tal vez sea una herida fantástica la fuente de la que brota toda esa fuerza. En la micronación F. A. fotografiar el cielo es mirar en los ojos del otro y ver a ese otro que somos nosotros mismos en espiral innúmera hacia el fondo del hombre. Como en César Vallejo y en Blas de Otero, gritar a los cuatro vientos con la emoción no contenida de un buen predicador nos ofrece un discurso absolutamente moderno, posmoderno, dionisiaco, apolíneo y apocalíptico. Es apolínea la límpida fluencia de las guitarras en medio del detritus, la sordidez, el caos y la confusión de lo hiperreal. La música acordada. Una canción es una habitación propia de cuyas paredes cuelgan posters de piel. Una vez se resucita en estas canciones, uno se siente tejido de felicidad, engarzado de esa armonía amarilla que desgarra con dulzura y provoca un sufrimiento extático, corrientes de emoción que tejen puentes sobre la nada. En ese fluido amniótico flotamos sin obedecer a ninguna ley. Ni gravedad ni levedad, ni física cuántica, ni química espectral de los sentidos. Sólo sangre.
Frente a lo masivo, lo industrial, lo utilitario, lo común y lo mediático, todo este descomunal latido de música y palabras, pálpito que reinventa una vida masacrada de vulgaridad. La vida salvaje y el amor irreductible, sin globalización. ¿Quién globaliza a los ángeles?
El milagro de Fernando Alfaro y Los Alienistas, en Carnevisión, es decir una vez más, con más incendio que nunca, con tanta sed como siempre y con tanta hambre, a qué llamamos sangre. Como en Rainer María Rilke y John Keats, la voluntad de decir se construye a sí misma al tiempo que construye y desvela la realidad. No sólo el atrevimiento, la osadía, la audacia. También la palabra justa, demencialmente de verdad, y en verdad palabra. Y la sangre.

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Abandonada en aguas internacionales del mar del Norte, habitada por miles de internautas, Sealand es el paradigma de micronación. El novelista indie Agustín Fernández Mayo, autor de Nocilla dreams, lo sabe. Más cerca, más dentro, entre la pulsión underground y la verdad límpida de la mística, la micronación Alfaro hierve. Su color es el color de la sangre. Sueños, chuchos, desiertos, cámaras de gas, haches y alienígenas. Guus van Sant, Sam Shepard y El Bosco están de su parte.