NEURÓNIKA

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¿Cómo escapar de la corriente continua de los Pixies? Los Pixies son crueles y elegantes. Emiliante dice que eso es puro pop con daño y Remo asiente.
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vendredi 16 février 2007

Una discursividad superior. Juarroz. Martínez Falero. Angel Aguilar

I







Ποίησις. Creación. La idea misma del hombre es poesía. Poesía animal. Hemos reservado para nosotros las pulcras etiquetas de homo sapiens, homo ludens, homo ridens, homo scribens, homo loquens. Sobre todo, ésta última. Hombre que habla, dotado de palabra, de expresión. Que entre todos atributos humanos le concedamos un lugar de privilegio a nuestra capacidad de hablar, y que no veamos con los mismos ojos los demás, muestra la importancia que otorgamos a la palabra, una importancia radical, instintiva, inconsciente, real. La palabra es construcción y posibilidad, es el todo, el inicio de todo, la raíz, el cielo. No existe pensamiento fuera de las palabras (Louis Aragon). La palabra le da sus límites al mundo (Wittgenstein) y nos crea. Para decir a un hombre hacen falta todas las palabras (Roberto Juarroz). Lo que somos es palabra que se vuelve hacia un ser de palabras, metahumanamente, metapoéticamente.

Jacques Lacan llega al límite. "Toda palabra tiene siempre un más allá, sostiene varias funciones, envuelve varios sentidos. Tras lo que dice un discurso está lo que quiere decir, y tras lo que quiere decir está otro querer decir, y esto nunca terminará a menos que lleguemos a sostener que la palabra tiene una función creadora, y que es ella la que hace surgir la cosa misma, que no es más que el concepto." Representa la palabra el orden simbólico, a partir del cual, los otros órdenes, imaginario y real, ocupan su puesto y se ordenan. Ostenta, por tanto, la palabra una función claramente creadora. Existe lo que podemos decir y, porque podemos decir, existimos. "El verdadero cuerpo, el primer cuerpo, es el lenguaje." Y es entonces el lenguaje el que le da cuerpo a todo.

El instinto ilumina a Juan y le hace comenzar su Evangelio con el archiconocido texto: In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum. Hoc erat in principio apud Deum. Omnia per ipsum facta sunt: et sine ipso factum est nihil, quod factum est : in ipso vita erat, et vita erat lux hominum: et lux in tenebris lucet, et tenebrae eam non comprehenderunt.

Hay, además, algo atávico en la idea que el hombre tiene de lo poético. Caótico y divino, pecado original, forma sublime del miedo, la desdicha, la impiedad, la clarividencia, el fulgor, el daño, la dicha, la Palabra es el primer atributo de lo humano, el atributo del que todos los demás penden, desde el que todos los demás son. Y la palabra poética -palabra anterior a la palabra- es el principio. Antes de la palabra hay una Palabra, de la que la palabra es apenas el atuendo material y conceptual. Si la palabra crea el mundo, quién crea a la palabra. Si para pensarnos, para hablar de nosotros, para hablarnos, nos valemos de palabras, ¿qué otra cosa somos sino palabras? Por supuesto, el secreto mejor guardado en Un mundo feliz de Aldous Huxley es la literatura de William Shakespeare, aquello capaz de hacer de un trozo de carne con ojos un hombre, un hombre libre.

Pero antes, es ancestral y genesíaco, inaugurador y primigenio lo que hemos de llamar "poético". Más allá del arte, trascendiendo el ámbito de la lengua y el lenguaje, la poesía ha de ser concebida como una realidad espiritual generatriz, el simulacro que ordena el simulacro del caos.

Estructura latente del mundo, que sólo existe desde ella, tela de araña de la existencia, de la realidad, del cosmos, cercana al juego, al delirio, a la iluminación, a la inconsciencia, a la transgresión, quizá la poesía sea primordialmente expresión. Expresión de una humanidad consciente de su dolor, maravillada por las tormentas, entregada a la seducción de las palabras, arropada al calor de un adjetivo o un nexo. Expresión sin por qué ni para qué, magia, balbuceo de gozo, místico, panteísta, revelador, rebelde, expresión en sí, porque sí, iniciática.

Lo comunicativo es algo secundario y seguramente menos trascendente. La comunicación no es más que la rémora del fondo social en el que utilizamos el lenguaje, dirigido al otro, pragmática de la expresión, que se convierte en uso, intercambio, en reflejo, en ir y venir, en.

Ir a la poesía es desaprender a hablar, regresar al estadio inicial en que se fundó la palabra, a un mundo protoverbal, al mundo en el que el dios de las escrituras ni siquiera sabía hablar. ¿Cuándo empieza dios, el gran significante, el significado total, a hablar? ¿Era dios apenas un grito, el grito que el hombre ha ido puliendo, limando, expresando hacia la palabra?





II



Celebración de Roberto Juarroz




El poema es siempre celebración
porque es siempre el extremo
de la intensidad de un pedazo del mundo.
-R. J.-

Corresponder, asociar una idea a una palabra es el destino de todos nosotros en la tierra y en el aire, dentro y fuera, al derecho y al revés. Así cambiamos no inútilmente el mundo. Y así cambia el hombre o el hombre no sigue cambiando: que se quede, en el segundo que insufla el infinito a la historia, quieto en su cambio continuo y redondo, pero que celebre intensamente su posibilidad.

Decir esto es olisquear con tristeza en el rastro de José Ángel Valente, que ha muerto. Decirlo es también arrojarse a la sombra de César Vallejo, al surco de Claudio Rodríguez, a la estela en flor de Juan Ramón Jiménez, cuya inteligencia inaugura las calles atestadas de escombros, muertos, guerras y aburrimiento del siglo XX. La señal, el símbolo, el signo (que es proceso múltiple de alusión y representación de la realidad) ocupan el amor y el horror del hombre que se pregunta por su naturaleza y por su lugar, su ser y su estar.
Juarroz:

Mis ojos buscan eso
que nos hace sacarnos los zapatos
para ver si hay algo más sosteniéndonos debajo
o inventar un pájaro
para averiguar si existe el aire
o crear un mundo
para saber si hay dios
o ponernos el sombrero
para comprobar que existimos.[1]

La Poesía es celebración del descubrimiento. “Eso”, lo indefinido, lo otro, es el material con que se urden los sueños y las realidades de Roberto Juarroz. “Paradójica celebración, fervor por la vida, entusiasmo en el sentido griego, vibración y hasta canto a veces”[2] es la poesía. Celebrar la plenitud y la invalidez, vibrar en la cuerda escurrida del tiempo, entusiasmarse hasta las heces y las rosas, cantar lo que está fuera de nuestro alcance y lo que está tan dentro de nosotros, que está más allá de nosotros. “La primera exigencia del poeta actual es ir más allá siempre”, celebrar lo que no existe para celebrar lo que existe[3].

La historia de la humanidad se reduzca a unas cuantas metáforas, predicaba Borges desde su púlpito de héroe, bastión y órdago del pensamiento contemporáneo. La metáfora, hilo que enhebra lo que somos y lo que esperamos, viene de la necesidad íntima de expresar lo que apenas se entiende, la verticalidad radical de la vida, la perspectiva imposible con que afrontamos nuestra estancia y nuestro pensamiento en el mundo. Palimpsesto. Belleza. Sócrates sólo sabía que no sabía nada. El pensamiento moderno se escuda en las voluntades de cambio perpetuo y relatividad. Einstein invoca la velocidad de la luz en el vacío, que es constante. El ensayo del cuento del poema que es la vida –esgrime Augusto Monterroso- es un movimiento perpetuo. Paul Célan estira hasta el infinito, perseguido por un grito, el espacio existente entre la baranda de un puente y las aguas del Sena. Lo hace y así se sumerge en el silencio, límite y tránsito hacia lo otro, movimiento hacia el distanciamiento y hacia la distancia entre William Wilson y William Wilson, Borges y Borges, Rimbaud y Rimbaud. “Yo es otro.”

El otro que lleva mi nombre
ha comenzado a desconocerme.
Se despierta donde yo me duermo,
me duplica la persuasión de estar ausente,
ocupa mi lugar como si el otro fuera yo,
me copia en las vidrieras que no amo,
me agudiza las cuencas desistidas,
descoloca los signos que nos unen
y visita sin mí las otras versiones de la noche.

Imitando su ejemplo,
ahora empiezo yo a desconocerme.
Tal vez no exista otra manera
de comenzar a conocernos.

La realidad tiene rostro de otro, de más allá. Juarroz la conoce como símbolo o la ama en cuanto símbolo. Decir que esto es una metáfora, indagando entonces en el plano real y en el plano imaginario de esta figura de pensamiento que es la existencia, parece ser la vida del filósofo en la tierra. Y por intensión estética la labor del poeta, quien sin ser meramente portavoz de una verdad mística o agitador social se convierte en argamasa con que se alza el edificio de la historia, su verdad de virtualidad y de eterno retorno eterno. El plano imaginario, tenor, sea –aunque no suficientemente- el revés de las cosas, la excentricidad que da sentido a lo objetivo. Trotsky, en Literatura y revolución, así lo reconoce: “La creación artística es siempre un complicado volver del revés las viejas formas bajo la influencia de nuevos estímulos que se originan fuera del arte.[4]” Porque no hay que olvidar que, como no existe el pensamiento fuera de las palabras, no existe la palabra fuera de la vida. “La línea más bella toma su vida del contexto”, explica T.S. Eliot en Función de la poesía y función de la crítica[5]. El alrededor inscribe determinado hecho estético en el conjunto de condiciones que posibilitan su recepción como tal. No existe la literatura sin lector, ni tiene la poesía más “pura” el más mínimo poder de alusión si se considera a despecho de la representación de la realidad. En estos términos amenaza José Ángel Valente: “Sólo de esa raíz o ley que hace de la realidad centro y destino único del acto creador nace la poesía verdadera.[6]
La dificultad que implica simbolizar la realidad, inteligentizarla, ha sido puesta de manifiesto por creadores y pensadores. “La poesía- explicaba Coleridge- produce mayor placer cuando se la comprende sólo de un modo general e imperfecto.[7]” Es “el placer casi perverso” de construir significados, tantos significados como lecturas. Leer es crear sentido, tal y como imaginan Dámaso Alonso, Umberto Eco o Roland Barthes. El hueco que la ambigüedad ocupa en la literatura contemporánea, como prisma desde el que se enfrentan creación y recepción, halla su corolario en la consideración de la obra como obra abierta. Metáfora de metáforas la literatura y, con ella, la existencia. Contraste, paradoja, metonimia, mentira, alegoría son atalaya desde la que contemplar el crepúsculo de los dioses o las rutas diferentes de un Ulises que desayuna riñones a la plancha. Formas –se diría– de acaparar lo abstracto, de dar forma inteligible a la identidad del hombre en el mundo. “Para escribir a un hombre/ se necesitan todas las palabras”, esgrime verticalmente el poeta argentino. Poesía como comunicación abierta a todas horas. Poesía como principio de conocimiento más profundo del hombre.

Caos, detritus, expresionismo, metafísica.

La sensibilidad actual tiene forma de agitación ontológica, doble sentido común, precariedad sentimental y nulidad, pobreza o grandeza a que vacío, nada, duda invitan impenitentes. El “extrañamiento formal”, sea cual sea la función que se otorgue al poema desde el romanticismo, es aproximación a la realidad de delirio que puede ser la existencia. Unamuno, tomando sus palabras de los labios de Kierkegaard, en Del sentimiento trágico de la vida, escupe: “No hay mayor desesperación que la desesperación de no haber estado nunca desesperados.” La peor intolerancia es la intolerancia de eso que llaman razón, apuesta el bilbaíno en su examen de la “contradicción íntima”[8]. La poetización polifónica y siempre particular de la pasión y la costumbre deriva, arropada por la intangibilidad del mensaje literario y su ubicuidad semántica, en la necesidad de una novedad perennne. Intento de poner orden, como quería Hierro, en el maravilloso desorden de las cosas.



[1] Roberto JUARROZ: Poesía Vertical (Antología). Ed. de Francisco Jesús Cruz Pérez. Colección Visor de Poesía. Madrid, 1991.
[2] Roberto JUARROZ: Poesía y Realidad. Pre-Textos/poéticas. Valencia, 1992. pág. 58.
[3] op. cit. supra. Pág. 5. En “Roberto Juarroz: La emoción del pensamiento”, palabras preliminares de esta edición
[4] op. cit., pág. 175, en T.S. ELIOT: Función de la poesía y función de la crítica. Tusquets Editores.
[5] op. cit. supra. Pág. 186.
[6] José Ángel VALENTE: Las palabras de la tribu. Tusquets Editores. Barcelona, 1994. Pág. 29.[7] op. cit., pág. 178.
[8] Miguel de UNAMUNO: Del sentimiento trágico de la vida. Espasa Calpe. Colección Austral. Madrid, 1994. Pág. 15.





III


El trazo. La poesía de Luis Martínez-Falero




Tiene el poema, como la soledad, sus ritos. A la ceremonia de la celebración de la palabra invita Luis Martínez Falero en su imprescindible Palimpsestos. Llego a este libro con las manos limpias. Imprescindible. Es la suya la voz más lúcida de la poesía del puto páramo. Destila pensamiento y clase. El metapoema, el universo silábico, la correspondencia propia, la sinestesia del origen, el bosque de sonidos y significados y auras y referentes, la desnuda orgía de la inteligencia ponen al lector de este libro entre la palabra y la escritura, al margen del sentimentalismo o la fatuidad, yendo por el costado marginal de la creación. Poesía del logos. Poesía indagando en la verdad, la materia y la textura de sí misma, poniendo sed en el río verbal.


El hilo que traza el vínculo entre poema y poeta es sutil, arácnido, misterioso, inmaculable. El trazo atrapa en su marea y en su luna. Tiene el palimpsesto, como la soledad, su lucha titánica de días y labios sobrepuestos, su aceptación de la esclavitud trascendente que hay en cada verso, en la pretensión infinita e iniciática del decir. “La palabra inicial que separó los mares.” Prometeica es la estela ígnea del gozo poético. Su iluminación y su herida y su inconsistencia vuelan sobre las aguas, en cuya superficie el poeta deja escrito su nombre. Persecución versátil de identidades, memoria, orden, hombre. Y la estela que se ha de desvanecer hasta convertirse en el conocimiento que “construye el vacío”. Otro vacío. Otro fuego. Otro mar.


Verba volant. Su viaje aéreo es un triste trapecio triste. Desde esa altura se cae y se revienta, se crece y se acecha la idea, la idea inacechable. No se le roban las canciones al viento. Y entonces escribir es ser vencido. O ¿a qué victoria se aspira en el instante acuático de la palabra? “En las aguas de un trazo contemplo estas palabras.”

El trazo acuático, sin rumbo, no nos deja reconocer la ola sobre la que se flota, ni el mar entero en el que se le pone dogal al instante. Sólo la espuma, que abre las aguas, sólo la palabra fundacional y esa que ofrece montañas de nada. Montañas de ilusoria certidumbre. “No nombran las palabras, sino su resplandor” o “el silencio” que nos queda, nos envuelve, nos dicta el próximo verso.

José Ángel Valente, Paul Celan, Blaise Cendrars, Borges. El numen, mnemosine, el signo, el silencio, tanto, el verbo próximo.


IV

Toda la felicidad. El libro del agua de Angel J. Aguilar



Perdonad si me emociona la idea, pero después de leer, leyendo aún, El libro del agua creo que cada uno de estos poemas de Angel Aguilar debería llamarse Felicidad.

Gloso una de las citas iniciales, la de Raymond Carver, y lo hago con toda la intención. Porque hay poetas para los que escribir es un acto de amor, una felicidad. Su Poesía no es un estercolero personal sin posibilidad de reciclaje, es una antología de momentos heroicos. Su verso brota de manantial sereno; vuela lejos de las pezuñas de quienes convierten la Poesía en palabrario infecundo, amontonadero de ignorancias lingüísticas mal resueltas. Su Poesía no es un arte servil. Su poesía no se orienta a ninguna fama. Ni circulillos ni circuitos por los que nada fluye, que nada cortan ni pinchan. Y es exquisito el cuidado que le concede al lenguaje y todavía más exquisito el amor con que nos da su vida y eso que importa y que se mueve. Discreción e impulso.

Miraba el lago
y yo era el lago y se cumplía así
mi más secreta y apasionada
aspiración: ser agua.

El verso brota de raíz líquida, de impulso. El cielo es una vena.

UNO: Que la mirada sea feraz, abundante en delirio y en razón. Que el discurso poético sea delirio y que proporcione una razón. Que sea delirio y razón el lector.

DOS: La superficie de las aguas, el cristal, el espejo, son las orillas de las orillas de las orillas. Como en Antonio Aguilar, el poeta siempre escribe sobre las aguas.

TRES: Una buena dosis de secreto, pasión intensa, armonía y reflejo, verdad de la aspiración y movimiento perpetuo del sentido nos navegan. La semiótica de lo oculto, la sintaxis del padecer, el ir sin jamás regreso nutren la columna vertebral de lo poético.

CUATRO: Y lo demás es agua.

Desde el vientre materno de la diosa, sobre la arquitectura húmeda de los días, hacia el deseo vehemente de la transustanciación, hacia el límite que no es límite y hacia el cuerpo que se diluye en cuerpos, la Poesía besa, lame, flota. Lagunas, nubes, charcos, manantiales, lluvia, fuentes, tormentas, ríos... y entre tanta liquidez, tanta evaporación, la búsqueda del tronco del olmo en que “late el pulso del infinito”, aferrados a la solidez de la soledad.

Ay, el criterio de la brisa y los trabajos de la brisa. Con qué aspiración secreta escribe la yedra. Y a qué realidad pertenecen las golondrinas y qué vidrieras han visto.