NEURÓNIKA

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¿Cómo escapar de la corriente continua de los Pixies? Los Pixies son crueles y elegantes. Emiliante dice que eso es puro pop con daño y Remo asiente.
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jeudi 7 juin 2012

Carmina según Javier Moreno.

Carmina (Andrés García Cerdán) [Palabras para la presentación en FNAC (Madrid, 2 de junio de 2012)] Este libro está hecho de poemas encarnados. Este libro va de la transubstanciación de la palabra en carne, un proyecto espiritual, en el sentido más pagano de la palabra. Leer este libro es por tanto comulgar –quiere decirse un modo de mirar y experimentar- con las cosas. Leer este libro es algo así como una especie de eucaristía y, en consecuencia, de celebración. Pero para que haya religión este cristo que es la realidad tiene que ofrecer alguna herida, algún resquicio, porque una religión es siempre una herida compartida (Las lunas, poema inaugural). La grieta de la que habla el poema las lunas me recuerda a Lo que vemos, lo que nos mira, de Didi-Huberman, donde el autor contrapone las lecturas estrictamente alegóricas (el sentido habita fuera de la obra) con las minimalistas (el sentido es la obra y para de contar) e intenta encontrar un camino intermedio, que es el de la grieta, la herida por donde la obra sigue supurando sentido (Interpretando los signos, Clase de lengua). Este es un libro vitalista y eso me gusta. Me gustan los poetas vitalistas. Hay algo de canto whitmaniano en Carmina. Leyendo a Andrés me venían a la cabeza los poemas de Manuel Vilas. Son poemas que hablan del amor a la vida, no el amor ingenuo del que la desconoce (a la vida), sino del que, precisamente por conocerla, se hace cargo de todas sus contradicciones, del dolor y del amor, del bien y del mal que anidan conjuntamente en ella, y asiente así doblemente, como dice Deleuze que dice Nietzsche (otra de las constantes de este libro): sí a lo bueno, sí a lo malo, y sí a esta doble afirmación, el bucle afirmativo que cierra la puntada del eterno retorno. Como dice en uno de sus poemas, el titulado Aude: Atrévete a decir manzana, fresa, tulipán, huracán, peligro, alma, estiércol, paradoja, día, águila, estiércol, belleza, histeria, hierba, mar y amor. El poeta, Andrés, habla en estos versos de viajes (Londres, Venecia, Toledo…), de otros poetas (Verlaine, Montale…), de música… pero no late aquí el viejuno corazón culturalista, no constituyen aquí las referencias cultas un decorado más o menos postizo para soportar el poema sino que todos esos referentes son la materia que, como decíamos al principio, se transforma en las palabras, son signos que sirven como motor e impulso de esos otros signos que acaban cuajando en la página en blanco y que llamamos escritura. Hablaba antes de vitalismo. Más que eso, hay poemas que rondan el éxtasis. El poeta parece dejarse llevar por un instinto fototrópico, el de las polillas, el de los girasoles y el de los politoxicómanos. La realidad, con sus experiencias y su cúmulo de detalles es materia suficiente para que el poeta se precipite hacia ella al precio incluso de a aniquilación. Este fototropismo llega a su punto álgido cuando el poeta declara literalmente su deseo de ser luz, la única manera de acceder al corazón del diamante sin romperlo (La luz se sume en la materia y es./ Eso es lo que yo hago/ y eso es lo que yo soy. (Ciencias naturales)), un proyecto que roza la mística, pero también extensible al deseo de exprimir al máximo la noche y experimentar la lucidez del que atiende en un parque de madrugada la llegada de un nuevo día. Me gusta mucho la versión de la primera elegía de Duino, de Rilke (Quién: Quién, si yo gritara…), el homenaje a Verlaine y a Montale. Este es un libro donde la carne se hace literatura y donde la literatura, no solo la propia y no solo la nacional, se hace carne. También se deja traslucir en este libro la idea de que la disciplina poética no es sino un modo de aprender a hablar y escribir (Viaje al fin de la mañana), una manera de instalarse permanentemente en el parvulario del lenguaje. Y todo ello lo hace Andrés a través de una escritura que yo calificaría de sensual, con una musicalidad que va más allá de la métrica y que yo asocio a una posible escuela murciana –hablo de la sensualidad y de una manera de entender el ritmo del poema, no de la temática- que va, por poner dos ejemplos extremos, desde Eloy Sánchez Rosillo a Cristina Morano. Por último decir que este libro es transmisor de una alegría contagiosa, que tras su lectura dan ganas de zambullirse en la vida y en la literatura, algo que Andrés parece no haber perdido en todo este tiempo. Habría que leer este libro por prescripción médica, y más en los tiempos que corren.

2 commentaires:

Anonyme a dit…

Iba a escribir esto: "Pero Andresete, esto, particularmente, no me lo tiene que decir a mí ni Javier Moreno, Juanito García, Florentino Pérez o Perico el de los palotes. Esto ya lo sé yo desde el mismo día en que te conocí, tanto de ti como de tu poética, más que nada porque te quiero, cosa que no creo que a mi mismo nivel le suceda a ningún comentarista ocasional, ya sea tu vecino, y Dios me libre si hablo de Rosillo, Tomas Tranströmer o Carlos Oroza, por lo menos al nivel que yo lo hago, y sin condiciones ni restricciones, que me parece todavía más justo. Ahora, si se trata de un documento informativo como cualquier otro, pues como que me parece cojonudo. Por supuesto". Pero como voy borracho y podría, como mandan los cánones, ser usado en mi contra aunque me dé absolutamente igual, simplemnte diré: "Te quiero".

Mercurio a dit…

Buenos días:

Leyendo esta entrada rica en matices me dan ganas de retirar el velo de Carmina y cruzar miradas.

Saludos cordiales.